Matelocos

CUENTOS MATEMÁTICOS

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TOMADO DE:  : http://www.cuentoscortos.com/cuentos-originales/solos-en-el-cole


CUENTOS MATEMÁTICOS
https://innovacioneducativa.upm.es/pensamientomatematico/node/215

SOLOS EN EL COLE
Edades: A partir de 8 años
Valores: aprendizaje


Solos en el coleHabía una vez un grupo de niños de tercero de primaria a los que no les gustaban mucho las matemáticas. Decían que las mates no valían para nada, que eran un rollo y que preferían estar castigados que perder el tiempo con esa asignatura.

A este grupo de niños tampoco les gustaba nada la clase de lengua, ni la de inglés, ni la de ciencias. Con el resto hacían una excepción, siempre y cuando no tuvieran que trabajar mucho.

Un día, cuando los niños llegaron a clase, descubrieron que no había nadie para dar clase. Tocaba clase de matemáticas, como todas las mañanas a primera hora.

Los niños estaban tan contentos. Pero pasaban las horas y por allí no iba nadie. No fue el profesor de lengua, ni el ciencias, ni tampoco el de educación física.

Cansados de esperar, a Kilian, el más mayor de la clase, se le ocurrió ir a preguntar qué pasaba.

Kilian salió de la clase y puso rumbo al despacho del director. Pero allí tampoco había nadie. Buscó por todo el colegio. Pero en ninguna clase había nadie. ¡El colegio estaba vacío!

Kilian volvió al aula y contó a sus compañeros lo que había descubierto.

-¿Estamos solos en el colegio? -preguntó una niña.

-Sí. Y no podemos irnos, porque las puertas están cerradas -dijo Kilian.

-¡El colegio es nuestro! -gritaron los más gamberros de la clase, con malas intenciones.

-Deberíamos investigar a ver qué ha pasado y resolver este misterio -propuso Kilian.

A todos les pareció bien.

-Nos dividiremos en grupos y exploraremos el colegio -dijo Kilian-. Nos vemos aquí en media hora.

Al cabo de media hora todos volvieron a clase. Solamente un grupo había encontrado una pista.

-Hemos encontrado este papel en la mesa del profesor de la clase de quinto -dijo uno de los niños-. Aquí dice que hay una excursión para ir a la inauguración del museo de ciencias del universo. Parece que hay una casilla por cada curso, para seleccionar al que pertenece cada uno y firmar la autorización.

-Y eso, ¿cuándo es? -preguntó Kilian.

En ese momento el director entró por la puerta.

Solos en el cole-Hoy mismo. Os habéis perdido un evento extraordinario. Pero, ¿qué hacéis aquí?

-Vinimos a clase, como todos los días -dijo Kilian-. Nadie nos informó sobre la excursión.

-Tal vez si estuviérais más atentos os enteraríais de las cosas. La profesora os dio las hojas.

-Debió de ser el día que hicimos aviones de papel y los tiramos por la ventana -dijo Kilian.

Desde ese día los niños empezaron a poner un poco más de interés. Para su sorpresa descubrieron que lo que aprendían en el cole servía para muchas cosas y que, poniendo interés y portándose bien, las clases incluso pueden ser divertidas.


LA OLIMPIADA MATEMÁTICAS
Edades: A partir de 4 años

La olimpiada matemáticaEstaba a punto de celebrarse el certamen mundial de matemáticas escolares. Los niños más listos del mundo estaban reunidos para empezar la competición.

El favorito era Ulises, un chico español de ocho años que había batido todos los récords mundiales de cálculo y resolución de problemas. Muy de cerca le seguía Anna, una niña inglesa de su misma edad.

El torneo se desarrolló sin sorpresas durante cuatro días, hasta que a la final llegaron los dos favoritos: Ulises y Anna. Las pruebas eran duras, y los dos estaban empatados antes de la última prueba: el cálculo definitivo.

Anna estaba muy cansada, al igual que Ulises. Ella sabía que tenía que dedicar todas sus fuerzas a resolver la última prueba de cálculo. Ulises, por su parte, estaba convencido de que ganaría, y dedicó sus últimos esfuerzos a hacer flaquear a su rival.

- No eres rival para mí, pequeña -dijo Ulises a Anna-. Se te ve en la cara lo cansada y lo nerviosa que estás.

Anna no contestó. Estaba concentrada en resolver la prueba.

- Me queda un solo número y habré terminado el ejercicio-dijo Ulises-. Vas a perder.

Anna quiso decir algo, pero tenía que terminar el ejercicio, aunque fuera después que Ulises. Ese mismo truco lo había usado durante toda la competición con sus rivales para despistarlos, y ella no iba a permitir que se saliera con la suya.

- ¡Terminado! -gritó Ulises-. Jajaja, soy el campeón.

Dos minutos después terminó Anna, justo en el momento en que sonaba el timbre que daba fin a la prueba.

- Está claro quién es el mejor, ¿eh? -dijo Ulises.

Los jueces comprobaron los ejercicios de los chicos. Al cabo de un rato un juez se acercó a los micrófonos para anunciar el ganador:

- El vencedor de este año es…. la señorita Anna, de Gran Bretaña.
- ¿Cómo? ¿Qué? Pero….-dijo Ulises-. ¡Eso es imposible!
- Si te hubieras preocupado más de tu prueba en vez de molestar a tu rival no hubieras cometido errores, Ulises -le dijo el presidente del jurado.
- Podrías haber ganado sin humillar ni molestar a tu rival -dijo otro de los miembros del jurado.
- Pero yo merecía ganar. ¡Soy el mejor! -protestó Ulises.
- Tal vez seas el mejor o tal vez no. Lo que está claro es que no mereces ganar -dijo el presidente del jurado.

La olimpiada matemáticaAnna se sintió muy satisfecha cuando supo que había ganado y a pesar de que Ulises había estado molestándole durante toda la prueba, se acercó a saludarle.
- Gracias Ulises, has sido un digno rival.
- Vaya, pensaba que estarías enfadada… creo que no tendría que haberte dicho esas cosas… lo siento -dijo Ulises avergonzado-
- No te preocupes, creo que has aprendido la lección.
- Así es - dijo sonriendo tímidamente Ulises-

Y así fue como Ulises aprendió a saber ganar y también a saber perder.




ARTURO PELOTA
Edades: A partir de 6 años
Valores:  Soberbiajusticia
Arturo PelotaHabía una vez un niño al que llamaban Arturo Pelota, y no era porque le gustara mucho jugar al balón, sino porque se pasaba el día haciendo la pelota a sus profesores. Tanto peloteo no solo despertaba las ganas de broma de sus compañeros, sino que también molestaba a los profesores. Y es que Arturo se pasaba el día adulando a los profesores, ayudándoles a recoger sus cosas, cargando con sus libros, acompañándoles a todas partes para abrirles la puerta, y así un montón de cosas más.

Pero a Arturo no le gustaba nada que le llamaran “Arturo Pelota”, así que cada vez que oía a alguien llamarlo así, Arturo se vengaba chivándose de algo, por ejemplo, de alguien que no había hecho los deberes o de alguien que había insultado a otro.

-No deberías ser tan acusica -le decían los profesores-. Así no vas a hacer amigos.

-Yo no necesito amigos tan necios -respondía siempre Arturo-. Tendrían que aprender todos más de los fantásticos profesores que tenemos.

Y es que Arturo no perdía ocasión de hacer la pelota todo lo que pudiera.

Un día, los compañeros de Arturo se confabularon para darle una lección. Con tanto chivarse, Arturo Pelota les estaba haciendo la vida imposible.

-Mañana, al llegar a clase, hablaremos entre nosotros, muy bajito, y nos lamentaremos todos de que se nos ha olvidado hacer la tarea de matemáticas, pero le diremos a la maestra cuando pregunte que sí lo hemos hecho -propuso Juan-. Cuando Arturo se chive y la maestra nos pida los cuadernos, ese pelota se llevará un buen chasco.

En efecto, cuando Arturo se chivó y la maestra comprobó que todo el mundo había hecho la tarea, esta no tuvo más remedio que castigar a Arturo por mentiroso y acusica.

-Me las vais a pagar -les dijo Arturo a sus compañeros. Y ese día lo pasó pensando en cómo vengarse, en vez de hacerle la pelota a los profesores.

Al día siguiente, los compañeros de Arturo repitieron la jugaba, pero esta vez murmuraron que habían roto el espejo del cuarto de baño de un balonazo. Cuando Arturo se enteró fue a decírselo a un profesor. Pero cuando este comprobó que el espejo estaba intacto castigó a Arturo por mentiroso y acusica.

-Esto no quedará así -dijo Arturo. Un día más, el niño no pudo pensar en otra cosa que en ajustar las cuentas.

Al día siguiente, los compañeros se organizaron para robarle a Arturo el cuaderno de ciencias de la mochila, arrancarle las páginas de la tarea de ese día y devolver el cuaderno sin que se diera cuenta. A la vez, algunos hicieron como que copiaban los ejercicios de otro, como si no lo hubieran hecho.

-Pepita está copiando a Lucía -dijo Arturo en medio de la clase, sin cortarse un pArturo Pelotaelo.

-No es cierto -dijo Pepita-, puede comprobar que mi tarea está hecha y que es diferente de la de Lucía.

La maestra se acercó a comprobar que la niña decía la verdad. Y ya, de paso, comprobó que todos habían hecho la tarea. Arturo le entregó su cuaderno, orgulloso, pues había hecho un gran trabajo. Pero cuando la maestra abrió el cuaderno...

-Arturo, ¿cómo tienes la poca vergüenza de chivarte de tus compañeros sin haber hecho tú el trabajo?

-No es posible, lo tenía hecho. Seguro que alguien me ha arrancado las hojas -dijo Arturo.

-Otra mentira más no, por favor, que vaya semanita llevas -dijo la maestra.

Desde aquello Arturo no volvió a chivarse más de sus compañeros. Y tampoco volvió a hacer la pelota a los profesores, pues vio que eso no le daba ningún privilegio. Eso sí, no consiguió quitarse el apodo de Arturo Pelota.

LA MISTERIOSA DESAPARICIÓN DE LAS TIZAS DE COLORES
Edades: A partir de 6 años
La misteriosa desaparición de las tizas de coloresSaúl era un niño muy travieso que se pasaba el día haciendo trastadas en el colegio. A Saúl le encantaba esconder el borrador de la pizarra, cambiar de sitio el bote de los bolígrafos del profesor, tirar los abrigos de los otros niños al suelo o tirar bolitas de papel a sus compañeros para molestarles mientras el profesor no le veía. Si en la clase faltaba algo, alguna cosa no estaba en su sitio o alguien era molestado siempre estaba Saúl detrás de la fechoría.

Saúl estaba muy enfadado con sus compañeros de clase porque siempre se chivaban. Pero había uno al que le tenía especial ojeriza. Se llamaba Damián. Y no es que Damián se chivara más que nadie, sino que parecía que era como el ojito derecho del profesor. Damián era muy listo, trabajador y servicial. Era el niño perfecto, al menos eso pensaba Saúl.

Un día el maestro llegó a clase muy orgulloso. Había conseguido unas maravillosas tizas de colores para explicar la lección de matemáticas. Eran unas tizas especiales, mucho más bonitas que las normales, de colores intensos y brillantes. ¡Incluso las había fosforescentes y con purpurina!

Cuando el maestro sacó las tizas de colores y empezó a usarlas los niños se quedaron maravillados. Todos querían salir a la pizarra cuando el profesor pedía un voluntario. Incluso Saúl levantó la mano, cosa que no hacía nunca.

Estaban en plena explicación cuando alguien llamó a la puerta. Acto seguida entró en el aula el director.

-Saúl, Damián, por favor, salid a la pizarra a completar los ejemplos mientras hablo con el director aquí fuera -dijo el profesor.

Los niños obedecieron y el maestro cerró la puerta tras de sí. Minutos después regresó. Damián había completado correctamente el ejemplo, pero Saúl se había dedicado a hacer dibujitos en la pizarra. El maestro felicitó a Damián y le dijo a Saúl que hablaría con él al final de las clases.

Cuando acabó la jornada todos menos Saúl y Damián se fueron a casa. Saúl tenía una conversación pendiente con el maestro. Damián se quedo porque le tocaba el turno para regar las flores del aula.

-Este hoy se va a enterar -murmuró Saúl.

En ese momento llegó Juan, uno de los empleados del servicio de limpieza. Juan dejó el carro junto a la pizarra, como hacía siempre. Como vio que el aula estaba ocupada cogió la mopa y se fue a limpiar el pasillo. Nada más salir Juan llegó el maestro.

-Saúl, siéntate aquí conmigo. Tenemos que hablar. Dame un minuto mientras recojo todo. A ver, mi libro de notas, la agenda, mi pluma, la botella de agua… a ver, qué me falta… ¡Ah, sí, las tizas de colores! ¿Dónde las dejé? ¡Ah, sí, en el cajetín de la pizarra!

Pero en el cajetín de la pizarra no había nada más que tizas blancas y el borrador. El maestro revisó todo el aula, pero de las tizas no había ni rastro.

-Saúl, ¿qué has hecho con las tizas? -preguntó el profesor.

-Yo no he sido, ha sido Damián -dijo Saúl-. Lo he visto antes pintar con ellas. Mire, en la pizarra están sus dibujos y unas notas que ha escrito.

-Damián, ¿has hecho tú eso de la pizarra? -dijo el profesor.

-Sí, fui yo -respondió Damián-. Son las notas que hago siempre que me toca regar. Pero yo no he cogido las tizas.

-¡Mentiroso! -exclamó Saúl-. Seguro que las has cogido para que me acusen a mí y así irte tú de rositas con las tizas.

-De verdad, que yo no he cogido nada -eso fuera debido a su mal comportamiento dijo Damián.

-Disculpen, siento interrumpir-dijo Juan, que entraba en ese momento por la puerta-. Vengo a por el carro de la limpieza. Veo que todavía tienen para rato.

Juan empujó el carro y, nada más moverlo, la caja de tizas de colores cayó al suelo.

-¡Vaya, parece que estas tizas quieren ir a dar una vuelta! -dijo Juan-. Tome, profesor, se habrán quedado trabadas cuando coloqué antes el carro bajo la pizarra.

El La misteriosa desaparición de las tizas de coloresprofesor recogió las tizas y, muy enfadado, se dirigió a Saúl.

-Una cosa es que te pases el día haciendo trastadas y otra muy distinta es que intentes acusar a otros de cosas que no han hecho. Esta vez te has pasado.

-Lo siento -dijo Saúl-. Tenía tantas ganas de ver castigado al empollón que...

-¿Se puede saber qué te ha hecho Damián? -le interrumpió el maestro.

-La verdad es que no me ha hecho nada -dijo Saúl.

Damián, que no se había movido del aula, dijo:

-A mí no me gusta estar con niños que se portan mal, pero si prometes portarte bien podemos ser amigos. Puedo enseñarte a pasarlo bien en el colegio sin estar todo el día haciendo gamberradas.

Saúl se quedó callado. No sabía qué decir. Se acababa de dar cuenta de que no tenía amigos y que tal vez eso fuera debido a su mal comportamiento. El maestro rompió el silencio:

-Te doy una última oportunidad, Saúl. Gracias por ayudarlo, Damián.

Gracias a Damián, Saúl cambió su actitud y empezó a ver las cosas de otra manera. En poco tiempo Saúl no solo descubrió una faceta de Damián que no conocía, sino que fue haciendo más amigos. ¡Incluso mejoró sus notas! Y eso sí que tenía gracia, mucha gracia, y no las tonterías que hacía antes para llamar la atención.

EL MISTERIO DE LAS CHOCOLATINAS DESAPARECIDAS
Autor:

Edades:

A partir de 8 años
Valores:

El misterio de las chocolatinas desaparecidasA Joel y a sus amigos les encantaba comer chocolate. Como sabían que comer mucho chocolate no era bueno, Joel y sus amigos llevaban una pequeña chocolatina al colegio para comer a la hora del recreo, junto con unas galletas o una pieza de fruta.

Pero un día las chocolatinas empezaron a desaparecer. Nadie sabía quién se las llevaba.

-Mañana comprobaremos las mochilas antes de entrar en el colegio -dijo Joel-. Así nos aseguraremos de que tenemos todos las chocolatinas.

Así lo hicieron durante días. Las chocolatinas estaban en las mochilas cuando llegaban al colegio. Pero cuando llegaba la hora del recreo, las chocolatinas habían desaparecido.

-Está bien, amigos -les dijo Joel-. Está claro que nos las roban dentro del colegio. Tendremos que comprobar las mochilas al entrar en clase.

Y eso hicieron. Pero aunque las chocolatinas estaban en las mochilas cuando entraban en clase, a la hora del recreo ya habían desaparecido.

-Al menos ya sabemos que el ladrón está en la clase -dijo Joel a sus amigos-. Prestad mucha atención.

Pasaron los días y las chocolatinas seguían desapareciendo. Pero ni Joel ni los demás consiguieron averiguar quién robaba las chocolatinas.

-Tendremos que tomar medidas drásticas -dijo Joel-. Este es el plan. Mañana untaremos las chocolatinas con un potente laxante. El que se coma las chocolatinas tendrá una diarrea de espanto.

Al día siguiente, Joel y sus amigos se reunieron en la puerta del colegio y untaron las chocolatinas con el laxante que había llevado Joel.

La primera parte de la mañana transcurrió normal. Joel y sus amigos esperaban impacientes a que las clases se reanudaran después del recreo.

-Abrid vuestros libros de texto por la página 28 -dijo Don Mateo, el profesor de Matemáticas-. Hoy vamos a empezar el tema… ¡Perdón, enseguida vuelvo!

-¿Dónde va Don Mateo? -se preguntaron todos.

-¡No! ¡Don Mateo no! -dijo Joel, mientras se levantaba de la silla para asomarse por la puerta.

-¿Dónde ha ido? -preguntaron a los demás.

-No os lo vais a creer -dijo Joel-. ¡Ha ido al baño!

Don Mateo se pasó casi toda la hora de clase en el baño. Cuando volvió, se disculpó ante sus alumnos.

-Lo siento, creo que algo me ha sentado mal -dijo.

Joel y sus amigos se miraron sin decir nada. A la salida, Joel les dijo:

-El misterio de las chocolatinas desaparecidasNos hemos pasado, chicos. Don Mateo tenía muy mala cara. Si hubiéramos acudido a algún profesor en vez de tomarnos la justicia por nuestra mano, podríamos haberlo evitado. Lo que no termino de entender es cómo nos cogía las chocolatinas.

-Cuando salíais del aula para ir a Educación Física, a Música o a Informática -dijo Don Mateo, que apareció detrás de ellos en ese momento.

Los chicos se quedaron petrificados. Con lo que le habían hecho, el castigo estaba asegurado. Pero lejos de castigarlos, Don Mateo les pidió perdón.

Joel y sus amigos acordaron turnarse para llevar una chocolatina extra para darle a Don Mateo. Aunque después de lo ocurrido a Don Mateo no le apetecía nada comer chocolate, les agradeció el gesto. Y ya nunca más se le ocurrió volver a comer tanto chocolate de golpe. ¡Ni mucho menos robárselo a nadie!

EL ESPEJO DEL FUTURO
Autor:

Edades:

A partir de 6 años
Valores:

El espejo del futuroRodri y Bea eran dos niños que iban a la misma clase del colegio. Bea era muy responsable y le encantaba estudiar. De mayor quería ser veterinaria y sabía que para conseguirlo tenía que esforzarse un montón.

A Rodri, sin embargo, no le gustaba nada estudiar. Él quería ser piloto de aviones y pensaba que para eso no era necesario estudiar.

- Rodri, ¡para ser piloto de aviones o cualquier otra cosa es importante estudiar y aprender! -le decía Bea.

- ¡Anda ya! ¡Estudiar no sirve de nada! ¡Para pilotar un avión no hace falta saber de matemáticas ni de nada! -le contestaba Rodri.

Bea sabía que su amigo estaba equivocado y trató de demostrárselo, pero Rodri no cambiaba de actitud. Seguía empeñado en que estudiar era un rollo y en que para ser piloto de aviones no hacía falta esforzarse tanto.

Cuando el curso acabó, Bea había sacado muy buenas notas, pero su amigo Rodri, había suspendido todas las asignaturas y, a pesar de ello, le daba igual.

Aquel día, Bea recibió una sorpresa. Era su abuelito del alma, que fue a visitarla y a hacerle un regalo muy, muy, muy especial.

- ¡Hola abuelito! ¡Qué alegría verte! -dijo Bea muy contenta.

- He venido a verte porque estoy muy orgulloso de ti. Has sacado unas notas buenísimas y, por ello, quiero hacerte un regalo muy especial para que lo guardes siempre.

Bea abrió su regalo y, cuando lo vio, no entendía nada. Era un espejo muy antiguo y bonito, así que los dos juntos lo colgaron en la pared. Pero Bea, seguía sin entender por qué ese espejo era tan especial, hasta que algo ocurrió.

Cuando el espejo estaba en la pared, Bea se colocó en frente y aquel espejo se volvió muy luminoso. De repente, Bea vio a una mujer veterinaria con su propia clínica. Parecía muy feliz.

- Abuelo, ¿quién es ella? -preguntó.

El espejo del futuro- ¡Eres tú dentro de muchos años! -le respondió el abuelo.

Era un espejo mágico que mostraba el futuro, aunque, su abuelo le explicó que sólo podía utilizarlo para cosas buenas. ¡Entonces Bea tuvo una idea genial!

Llamó a Rodri, lo colocó delante de aquel espejo y los dos vieron como sería su vida cuando fuera mayor. Lo que vieron no fue a un piloto de aviones, sino a un hombre sin trabajo y sin dinero, triste y pobre. Rodri se dio cuenta de que su amiga llevaba razón y por fin cambió de actitud. Desde entonces, Rodri se esfuerza por conseguir sus sueños.

CUENTOS
EL CUADRADO QUE QUISO SER CÍRCULO
CELESTE Y SUS ATROS
Cuentos para esalón de clases de Matemáticas y el hogar


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